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Es la Revolución, estúpido

En los últimos días o semanas se ha hablado y escrito mucho alrededor de la estética estrafalaria de la Cabalgata de Reyes de Madrid, del esperpento de las tres espantosas brujas de Valencia y de aquelarres similares en distintos puntos de España. No falta quien señala que es una revolución cultural que pretende arrancar todo vestigio de nuestras raíces cristianas y romper así con el origen de nuestra civilización.

No seré yo quien defienda los esperpentos señalados al principio, por supuesto. Pero desde luego tampoco seré yo quien diga que es este punto el de ruptura con nuestras raíces cristianas o con el origen de nuestra civilización. No es con el traje de Melchor o el turbante de Baltasar con el que se ataca la Tradición y se quiebran las Raíces de nuestra Historia. Ni mucho menos.

Los mismos, o al menos la inmensa mayoría de ellos, que se indignan por la manipulación podemita de celebraciones populares (reconvertidas en «ciudadanas») del tiempo de Navidad seguro que se consideran a sí mismos ejemplares demócratas y paladines de la libertad occidental. Dudo que ni el 3% de ellos hayan alzado la voz cuando a sus hijos en el cole les hayan explicado que el origen de nuestra civilización y nuestras libertades se sitúa a finales del siglo XVIII en Francia, o que los principios básicos de nuestra dignidad son los llamados Derechos Humanos proclamados en un aquelarre de Nueva York.

Y es ahí, en esos sucesos que esa «gente de orden» hoy aplaude como origen y fuente de la libertad, donde esas raíces cristianas, y aún más digo, nuestra libertad occidental, fueron machacados. De esos sucesos que trajeron cosas como la Constitución Civil del Clero, por lo que los curas (o al menos aquellos despreciables que aceptaron su condición de juramentados) pasaron a ser funcionarios del Estado y su actividad pastoral sometida a los dictámenes de la autoridad. Es ese grano purulento de la Historia el que proclama la necesidad -siempre por nuestro bien, como ahora- de romper con la Tradición y extirpar, de grado o por la fuerza, cualquier vinculación de la vida civil con la religiosa. Es esa infección la que muta a las personas libres en ciudadanos sometidos a la nueva religión liberal, esa que no admite misericordia ni perdón. Esa que no se proclama por el mundo sino que se impone a sangre y fuego. Y la evolución lógica de ese proceso tiene que incluir la desaparición de Belenes o Reyes Magos.

La primera y gran dentellada viene de dos siglos (largos) antes, con la ruptura herética. Pero el golpe final se da ahí, en la Revolución Francesa, donde se ataca a toda nuestra raíz cristiana, a toda nuestra Tradición como Civilización, a todo lo que el esfuerzo de siglos construyó y que se llamó La Cristiandad, que es algo mucho más grande y glorioso que eso que llaman Europa.

Que uno de los bandos herederos de aquella peste prefiera mantener una aparente continuidad permitiendo curas y conferencias episcopales juramentadas, o imágenes que cada vez más pertenecen al floclore popular con prácticamente ningún trasfondo trascendente frente a otro de los bandos que prefieren ser más consecuentes y honestos (malvados, sí, pero de frente) y derribar ya los últimos vestigios de una civilización vencida puede ser objeto de un debate entretenido, pero no fundamental.

No es el marxismo, el progresismo, el podemismo o el coletismo el enemigo de nuestras raíces, de nuestra Tradición, de nuestra Historia. Es sólo el hijo natural del verdadero enemigo: El liberalismo, cuyos descendientes tienen hoy apariencias distintas para mantener la ilusión de que hay distintas opciones en liza, diferentes posibles bandas a elegir. Pero lleven coleta o raya al lado, camisilla de Alcampo o traje de Armani, bombín y puro o boina y estrella, provengan de tarima o de registro, son ellos. Son el mismo enemigo. Son la Revolución, estúpido.

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  1. Bitacoras.com on martes, enero 12, 2016 at 12:56

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