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En torno a su Dios

Los viejos pueblos crecían en derredor de su parroquia, de su campanario.

El mundo moderno levanta sus urbanizaciones a partir del centro comercial.

Ambos giran en torno a su culto principal.

En guerra contra el mundo moderno.

Hoy que empieza el curso…

En la publicidad de centros de enseñanza católicos (o eso dicen) encuentro llamativos datos sobre sus buenas notas en selectividad, o el éxito profesional y socio-económico de sus alumnos, pero nunca el número de vocaciones ni el de personas de fe que salen de ellos.

¿Os suena cuál es la misión principal del católico? ¿Sois centros católicos o centros con crucifijo junto a la pizarra?

Lo de católicos ha pasado a ser una simple coletilla, incómoda en ocasiones.

Ah, pero el peligro son los rojos. Ya.

Decía Álvaro D’Ors que el comunismo al menos hace mártires, frente al capitalismo que sólo genera herejes y pervertidos.

Vuelta a la rutina

Hace unos días Gonzalete, de repente, tras un suspiro hondo y sincero, exclamaba “ay, qué ganas tengo de que empiece ya el cole”. Entre comentarios de su madre y sus hermanas, yo simplemente miré a mi esposa y le dije “a veces este niño no parece mío”.

No tengo recuerdo de ningún día, jamás, haber querido ir al cole. Desde mi primer recuerdo borroso en párvulos hasta mi turbulenta juventud, pasando por islotes de la memoria de los primeros años de la EGB recuerdo días, ocasiones, juegos y aventuras. Ninguno de los recuerdos directamente ligados al colegio (sí otros ligados a mis compañeros, a excursiones y demás) es bueno. Y siempre, siempre, siempre, ante la desesperación de mis pobres padres que insistían en que debía de cambiar de actitud ante el colegio porque según ellos yo era muy listo pero muy flojo, siempre, decía, contesté lo mismo: “Es que nada de lo que me enseñan en el cole me interesa nada”.

Fui un niño bastante bueno, un adolescente insoportable y un joven con según qué días. Nunca cambié mi percepción en ese sentido. Hoy, viejuno insoportable con según qué días, sigo convencido y aún me interesa menos lo que enseñan a mis hijos.

La semana que viene mis hijos vuelven a clase. El pequeño, espero, a pasarlo bien con su pequeña pero inseparable pandilla. La mediana, a acumular horas de clase esperando el timbre del recreo (no me lo dice, pero lo sé: es la que más se parece a mí) y la mayor, en segundo de bachillerato, a pasar meses de nervios y reflexiones intentando acertar en su siguiente paso, que a día de hoy no sabe hacia dónde dirigir. Yo los observo y necesito no pocos esfuerzos para animarles, para indicarles, para imponer un régimen de trabajo (eso sí, siempre buscando el aprender por encima del aprobar y sin exigencias de notas, aunque sí de atención). Pero cada año me cuesta más.

Ya he escrito alguna vez que los primeros años de Gonzalete en el cole me han parecido una bendición, porque ha dado con unas seños que le ilusionan y le hacen aprender, por encima de cargas de tareas absurdas que tanto gustan a otras. Ahí -de momento- tengo poco que hacer, ya que si él lo disfruta y aprende, bendito sea Dios. Lo duro es con las mayores. Intento despertar en ellas alguna vocación, pero no inculcando ni empujando, sino hablando con la esperanza de que ellas la descubran. Con la mayor, que es con quien más hablo, hace unos meses no pude sostener más el discurso oficial y confesé. “¿Sabes qué? Si hoy volviera a tener tu edad, rechazaría todas las asignaturas de ciencias por las que opté y abrazaría las letras, pero con la única vocación de culturizarme. Luego saldría del colegio y buscaría a maestros de los que ya van quedando cada vez menos y les pediría que me enseñasen sus oficios. A crear cosas con mis manos. Y a ello me dedicaría. Algún día todos esos gilipollas verían que no pueden comer, o vestir, o techarse con sus presentaciones ni con sus hojas de cálculo y vendrán a buscarme, porque me necesitarán.”

Ellos vuelven al cole. Y yo al trabajo. Teóricamente debería hacerlo con ilusión, después de una época difícil y de encontrar una oportunidad que me ha permitido, contra toda ley de mercado, volver a la profesión que un día me pareció una buena manera de ganarme la vida y que hoy es un huerto en el que no paran de florecer malas hierbas. Pero es falso. No la tengo. Vengo aquí porque no tengo más remedio. Porque tengo que dar de comer a mi familia. Pero ni me gusta el trabajo que hago ni creo que sirva para nada útil y verdadero. Puedo asumirlo y tirar con ello. Lo más difícil es cuando pienso que a esto es a lo que estoy condenando a mis hijos con sus planes de estudios, sus notas y sus títulos. A una vida encadenada al remo de una galera que, mientras nos alimenta y concede esas cosas que hacen que creamos que vivimos y que somos libres, nos dirige, por el mismo esfuerzo de nuestro brazo, hacia el naufragio de todo lo bello, de todo lo verdadero, de lo eterno.

Feliz vuelta a la rutina. Remad. Hasta el infinito.

Felicidades mamá

Cuentan historias de algunos que buscaron lejanas fuentes de la eterna juventud.

Yo hace tiempo que la descubrí, y esta tarde volveré a sumergirme en ella, cuando celebrando tus ochenta años coja tu mano y vuelva a sentir que desaparecen tus canas y achaques, que soy tan pequeño a tu lado y que me llevas a jugar al parque.

Felicidades mamá.

Sobre el martirio, el perdón y la Verdad

Al final del día se agolpaban las sensaciones. Mientras la rabia me llevaba a clamar contra los orcos mahometanos, mi recuerdo hacia el padre Hamel me hacía imaginar la escena de su martirio, y cómo para producirse éste su asesinato fue por profesar la fe y perdonando a sus asesinos.

Esa es la condición para ganar el inmenso premio de la palma del martirio. Mientras el martirio verdadero se produce defendiendo a Cristo, amando y perdonando a los asesinos y pidiendo por su conversión, lo que los salvajes llaman martirio va ligado al odio y al mayor daño posible.

Debería insistirse en esa diferencia, para cuando algunos tontos modernos vengan a igualar agua y aceite. Y proclamando esta diferencia, pedir el reconocimiento de la evidencia. De que hay niveles, rangos, categorías. Hay no solo creencias sino sociedades y civilizaciones basadas en esas creencias que son superiores a otras. Y que sólo negará esa superioridad el imbécil o el malvado. Imbéciles y malvados que tienen en sus manos la sangre de las víctimas. Imbéciles y malvados que hoy como tantas veces juegan al tétris con las palabras para no llamar a las cosas por su nombre.

Y a la vez debemos recordar nuestro mandato de amar y perdonar, sin duda lo más difícil en esos momentos.

Pero el amor y el perdón no pueden disfrazarse de buenismo y debilidad. Y, mucho menos, de equiparación. Hay que reverenciar la sangre de los mártires, y pedir a Dios la fortaleza y determinación necesaria para, si llega el caso, aceptar la prueba y ganar, dichosos, la palma que conlleva la gloria eterna. Pero al mismo tiempo hay que exigir por una parte a quien corresponda (se supone que la autoridad civil, y si esta hace dejación tendrá que corresponderle a la gente corriente) que garantice en lo posible que no vendrán orcos mahometanos a hacer mártires a su antojo. Y esa garantía se logra con firmeza, con contundencia y con prevención. No con venganzas a posteriori en forma de bombardeos arbitrarios, como gusta a las repúblicas masonas. Y esa firmeza y contundencia no podrá estar basada en el odio o en el miedo, sino en la defensa del bien común, que eso es lo que cabe exigirle a un gobernante, del color que sea, para que sea legítimo. Y por otra parte hay que exigir, debemos exigirnos, ser consecuentes con nuestra fe y con nuestros mandamientos. Y rezar por los asesinos. Sí, por los asesinos, por los salvajes que disfrutan obligando a un anciano sacerdote a arrodillarse para grabar cómo le cortan el cuello por orden de su profeta, de sus suras y de sus imanes. Y rezar por la salvación de sus almas, aunque el primer impulso que sintamos sea el de desearles la condenación.

Y para eso, para buscar la salvación de sus almas y su llegada a la vida eterna, lo primero que hay que hacer es proclamar el Evangelio y señalar el error a quienes siguen a falsos profetas. Nada bueno conseguiremos para ellos si nos mantenemos en esta perversión del “dejémosles que yerren, ¿quiénes somos nosotros para proclamarles la Verdad?”

Por que sí. Porque siguen las doctrinas falsas de un falso profeta. Porque son además doctrinas no sólo falsas sino diabólicas, que proclaman la persecución y el odio. Porque NO, DE NINGUNA MANERA adoramos al mismo Dios. Nosotros adoramos al único Dios verdadero, Uno y Trino, Encarnado, con una justicia infinita y también con misericordia y amor infinito. Ellos no. Ni los judíos. Así que dejen de compararnos, leñe. Y algún pánfilo, que deje de “comprar” esas comparaciones.

Recemos por ellos, proclamemos el Evangelio y proclamemos LA VERDAD. Que pasa por señalar que la doctrina del Islam es falsa, maligna, blasfema y diabólica. A partir de ahí, podremos buscar la conversión y redención de sus engañados seguidores.

Porque animarles a seguir adorando a un dios que clama sangre inventado por un falso profeta no es amarles. Es llevarles a la condenación. Y mirar para otro lado proclamando que lo principal es atenderles en lo material (que por supuesto es necesario) despreciando el mandato principal de la evangelización es propio de ONGs masonas, no de católicos.

Los voceros del régimen, empezando por los de los medios que usurpan el nombre de católicos, dirán que la solución pasa por convertir a los salvajes no a la verdadera fe, sino a eso que llaman la democracia y la libertad. Los masoncetes de allí, invocarán liberté, egalité, fraternité. Es decir, piden convertir a los que degüellan curas por los dogmas de su falso profeta a los mismos dogmas que defendían otros que degollaron a muchísimos más curas y asesinaron a muchísima más gente en la misma Francia que la que puedan asesinar estos salvajes en varias décadas.

Dale Señor el descanso eterno a tu hijo Jacques Hamel, y a nosotros la fortaleza y la decisión de abrazar el martirio si llega el caso, pero también la constancia y el valor de proclamar la Verdad frente a los asesinos. Frente a los que hoy degüellan en nombre de un falso profeta y frente a los que ayer degollaban en nombre de la falsa diosa razón. Unos y otros inspirados por el mismo Príncipe de la Mentira.

De leyes, protecciones, imposiciones, tiranías y objeciones

Con la reciente aprobación en la comunidad autónoma de Madrid de la llamada Ley LGTB (y de nombre oficial “Ley de Protección Integral contra la Discriminación por Diversidad Sexual y de Género”), según la cual se regula que en los centros educativos madrileños (públicos, privados y concertados) se imparta a todos los alumnos la ideología de género que entre otras cosas dice que la biología y la genética es un mero accidente que debe someterse a la voluntad humana que será la que determine si Pepito será a partir de hoy Vanessa independientemente de lo que le cuelgue o Luisita mañana será Alejandro, o si será ambas cosas a la vez, o si variará en días alternos. Por supuesto animando desde la más tierna infancia a explorar estas posibilidades en profundidad. Además, los que quieran ejercer la docencia deberán “adecuarse” a estos programas que estarán presentes en cursos y másteres por los que pasen. Se “protegerá” también la “libertad sexual” del niño, vigilando que no sufra imposiciones heteropatriarcales por parte de sus retrógrados padres (perdón, padres y madres, perdón, progenitores A/B). Una ley, en suma, no solamente opuesta a la moral, sino directamente a la biología.

Al respecto le oído y leído muchas cosas. Quisiera volver sobre alguna.

La primera y evidente, que no aporta nada nuevo: Es una ley presentada por el PP y aprobada por unanimidad de los cuatro partidos presentes en la Asamblea de Madrid (PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos). Todos esos partidos son igualmente responsables, empezando por el mayoritario Partido Popular. Dicho esto, y en aplicación estricta de SU ley, a partir de ahora cuando mandemos a tomar por culo a quien nos pida un voto “por el mal menor” a esa chusma, lo haremos con el deseo de que disfruten de nuestra indicación como muestra de su apertura a la diversidad sexual y de género.

La segunda señalar que como todas las leyes liberales, en bien de la libertad y la democracia, no solo impone una ética perversa, sino que además vigila que nadie se salga de la misma ni se atreva a manifestar discrepancia. En este sentido hay que recordar que gracias a nuestras insitituciones democráticas, a este respecto se PERSEGUIRÁ “toda intervención médica, psiquiátrica, psicológica, religiosa o de cualquier otra índole que persiga la modificación de la orientación sexual o de la identidad de género de una persona”. Todavía resuena en mi cabeza el eco de ese “de cualquier otra índole”. Átense los machos (y perdón por lo de machos, ese constructo judeocristiano heteropatriarcal).

La tercera es simplemente una nueva constatación de que la libertad educativa no existe en España, por decisión sobre todo de los colegios católicos que aceptan (con alguna mala cara, eso sí) pasar por el aro de esto y de lo que haga falta por mantener el concierto (los concertados) o su licencia de apertura (los privados). Entre esto o la amenaza preelectoral de que si ganaban los otros quitarían los conciertos sigo prefiriendo lo segundo. Ya saben: Mejor perseguidos que juramentados. Mejor mozárabes muertos que muladís vivos. Mejor mártires que herejes. Y que me perdonen algunos señores obispos y los señores responsables de las distintas instituciones religiosas en otro tiempo dedicadas a la enseñanza católica y hoy al pastoreo por recordar lo que cualquier católico hubiera dicho como base de su fe durante los dos milenios anteriores a esta negra noche de estupidez. Ahora es tarde para quejaros, queridos.

Y la cuarta, la de siempre. La misma que en los casos de educación para la ciudadanía o de tantas y tantas imposiciones de este régimen, el más tiránico de los últimos milenios, que impone y controla todo. Los endeblitos de siempre, auto atribuyéndose la representación de las familias o de los católicos o de la simple libertad de educación (qué asco da esa expresión en vuestras tibias bocas, pelagatos) clamando: “Ah, qué malos son, que no van a permitir que si un padre se opone a ese niño no se le imparta esa materia, hay que reclamar la libertad y la objeción de conciencia para que si un padre…” QUE NO, COJONES. QUE VUESTRA LLANTINA APELANDO AL DERECHO A LA OBJECIÓN DE CONCIENCIA ES VOMITIVA. No se trata de decir “a mi niño no, a los otros que les den” (en este caso literalmente, al tiempo), sino de oponerse a la tiranía y defender la Verdad.

Sí, la Verdad. Ya supongo que no os suena.

A las leyes tiránicas no se les responde con “por favor, a mí no, mejor al vecino”. La ley inicua no se objeta. Se denuncia, combate y desobedece. Al tirano, contundencia. Y al cómplice, también.

Y hagan un favor a sus hijos. Sáquenlos del colegio. De cualquiera. YA.

18 de julio

Te alzaste. Dejaste el pueblo, tu amor y tu huerto. Cambiaste la azada por el viejo fusil del abuelo. Y saliste. Y te uniste a otros, de otros valles y otros campos.

Y luchaste. Con tristeza de tener que hacerlo, pero con la determinación de quien sabe que no luchabas por ti, ni por tu casa ni por tu amor.

Por todo ello luchabas, sí. Pero por mucho más. Por los hijos que aún no tenías y por los abuelos que ya murieron. Por los pueblos de tu valle y las ciudades lejanas que no conocías. Por lo que te enseñó tu padre. Por lo que lucharon tus mayores.

Por lo que tu sangre, y la de tantos, te legó. Por todo ello luchaste. Por todo ello te alzaste. Por todo ello sudaste, sangraste y lloraste. Y por todo ello venciste, aunque sólo por hacer lo que la sangre, el honor y la patria demandaban ya era grande tu victoria.

En memoria y homenaje de todos los que dieron su vida por una España mejor. LXXX aniversario.

Hacia la III Guerra Mundial

La noticia de que la cumbre de la OTAN va a aprobar el inminente despliegue de cuatro nuevos batallones en el Báltico y Polonia, en claro desafío y amenaza a Rusia es una pésima y muy preocupante noticia.

Además me da un tremendo asco y una inmensa vergüenza la participación en esta agresión a Rusia de la administración que detenta el gobierno de España, en una nueva muestra de sumisión impresentable. Asco y vergüenza de nuestro gobierno, sí, pero también cada vez más desconfianza y rabia ante un generalato y unos mangos que con su silencio y colaboración hace tiempo que pasaron de ser obedientes y leales a sumisos y colaboracionistas.

El gobierno de los Estados Unidos, secundado por sus lacayos, dirige al mundo hacia una tercera guerra mundial marcando como enemigo al único país, a la única potencia, que representa una mínima resistencia ante el Nuevo Orden Mundial.

La posible victoria de la bruja Hilaria en las elecciones presidenciales de otoño en Estados Unidos puede marcar un punto de no retorno en el camino a esa tercera guerra mundial.

La misma administración norteamericana que capitanea el mundo hacia una catástrofe enfrentándose a Rusia se alía con regímenes repugnantes como el de Arabia Saudí y fomenta y financia el nacimiento de los terroristas del Estado Islámico.

En mi humilde opinión no solamente está justificada la repulsa y la protesta contra esta vergonzosa decisión en la que toma parte importante el gobierno del régimen del 78, sino que llegado el momento estará plenamente justificado el uso de la fuerza para defendernos de este peligro de destrucción.

Y si finalmente los planteamientos de la bruja Hilaria y sus secuaces consiguen su objetivo de una devastadora tercera guerra mundial, nos tocará vivirla en territorio enemigo y actuando como resistencia. Con las armas en las mano y la poderosa maquinaria asesina la OTAN utilizando todas sus técnicas persecución, tortura y asesinato contra nosotros.

Y ahora pueden seguir viendo la tele y repitiendo “qué malo es Putin, cómo mola Obama, qué libres somos, qué ilusión una mujer a la cabeza del mundo libre, cómo mola la democracia”.

Y, qué coño, disfruten. Al fin y al cabo tiene pinta de ser de lo último que hagamos.

Amenazas, imperios y mafias

Esta es la homilía completa que el mes pasado pronunció el Cardenal Cañizares y que motivó una ola de críticas y denuncias iniciadas por los colectivos de bujarrones autodenominados LGTBI (y todas las iniciales de cuanta aberración se nos ocurra que irán sumando) secundadas con pasión por TODOS los partidos políticos del régimen que lamentaron que un cardenal de la Iglesia Católica tuviera la poca vergüenza de exponer la doctrina católica en una homilía pronunciada en la capilla católica de una universidad católica y han llamado a la proclamación en el templo partitocrático de la condena democrática del tal cosa.

Por un lado secundo el texto (cosa que digo para que conste con mi nombre y apellidos por si algún mierda con escaño quiere denunciarme ante sus tribunales de pureza democrática) y por otro lamento dos cosas: Que no sea más profundo, entrando en la denuncia de la depravación elevada a norma y tantas otras cosas que se podrían decir de lo que Monseñor llama “el imperio gay” y yo prefiero denominar la mafia bujarrona; y que Monseñor y su entorno hayan salido a dar explicaciones y excusas cuando no hay NADA que las requiera.

Hay un extracto que me parece lo más aprovechable de todo, en el que dice:

“La promoción y defensa de la familia, basada en el matrimonio único e indisoluble, es la base de una nueva cultura del amor. Es el centro de la nueva civilización del amor. Lo que es contrario a la civilización del amor, y por tanto a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre y al mismo hombre, constituye una amenaza para él.”

Efectivamente, el que es contrario a la familia es una amenaza para el hombre, para la sociedad y para toda la Humanidad. La mafia bujarrona que se dice “colectivo LGTBI” y TODOS los partidos democráticos que les conceden legitimidad son amenazas. Y con las amenazas para la Humanidad hay que obrar en consecuencia. Lo que no cabe es que alguno de los que dice defender a Cañizares luego vaya a votar a una de esas amenazas. A cualquiera de ellas. Sea una amenaza comprometida, poderosa, ciudadana, socialobrera o popular.

Nota para exquisitos: Que nadie me venga a decir que el partido abortista y homosexualista de derechas (usaré la feliz definición de la mafia pepera acuñada por Manolo Morillo) no entra en el lote porque no se haya sumado a la reprobación parlamentaria, porque aunque su portavoz (¿portavoza?) ha reconocido el derecho de Cañizares a expresarse a continuación corrió a indicar que había estado “desacertado”, dando sus habituales cales y arenas, y sobre todo porque independientemente de su posición puntual en ese caso, ese partido es parte activa y necesaria de la presión de las mafias bujarronas que denuncia Monseñor. Por tanto es tan amenaza como el resto.

Texto completo de la homilía:

Damos gracias a Dios por la labor realizada, en este curso y a lo largo de sus más de dos décadas de existencia por la Sección Española del Instituto Juan Pablo II, al que tanto le debe la Iglesia, y el mundo entero por cuanto viene haciendo durante tantos años a favor de la familia. Es providencial y algo nos quiere decir el Señor, mucho, a esta Universidad Católica de Valencia al ubicar este Instituto en su organización y estructura. Como he dicho ayer mismo al Consejo de Dirección de la Universidad, que ésta debe tener como nota distintiva a la familia, su colaboración con las familias, nuestra ayuda a la familia, y la promoción de investigaciones, estudios y acciones a favor de la familia y de la mujer. y más todavía, tras la Exhortación Apostólica del Papa Francisco Amoris Laetitia sobre la familia, que debe ser objeto en nuestra Universidad de referencia y aplicación.

Con esta celebración de acción de gracias en el aniversario de su creación, Nuestra señora de Fátima, estamos expresando la proclamación clara y el apoyo decidido e inequívoco de la familia, unión indisoluble en la alegría del amor, santuario de la vida y sede firme de esperanza, y, en este Año de la Misericordia, es también invocación de la misericordia Dios sobre las familias que tanta misericordia necesitan y que son el gran signo de la misericordia, donde se aprende y se recibe misericordia. Una vez más, escuchamos en esta celebración el fundamento más firme y gozoso de la naturaleza de la familia, querida por Dios desde siempre, la gran defensa del derecho a formar y vivir en familia, sin que ésta se vea suplantada u ofuscada por otras formas o instituciones diversas, así como del derecho primordial a la vida, desde su concepción hasta su ocaso natural.

En la familia se juega el futuro del hombre y de toda la sociedad. Es cierto, vivimos tiempos no fáciles para la familia. La institución familiar se ha convertido en blanco de contradicción: por una parte, es la institución social más valorada, al menos en las encuestas, también entre los jóvenes, y, por otra, está sacudida en sus cimientos por graves amenazas claras o sutiles. La familia se ve acechada hoy, en nuestra cultura, por un sin fin de graves dificultades, al tiempo que sufre ataques de gran calado, que a nadie se nos oculta. Ahí tenemos legislaciones contrarias a la familia, la acción de fuerzas políticas y sociales, a la que se suman movimientos y acciones del imperio gay, de ideologías como el feminismo radical o la más insidiosa de todas, la ideología de género. Esa situación es tan grave, y tiene tales consecuencias para el futuro de la sociedad, que se puede sin duda hoy considerar la estabilidad del matrimonio y la familia, y su apoyo y reconocimiento público, como el primer problema social, y de atención a los más débiles y a las periferias existenciales. Cuando se ataca o deteriora la familia, se pervierten las relaciones humanas más sagradas, se llena la historia personal de muchos hombres y mujeres de sufrimiento y de desesperanza, y se proyecta una amarga sombra de soledad y desamor sobre la historia colectiva y sobre toda la vida social. De ahí la gran necesidad que tiene de misericordia y de vivir la misericordia.

La familia debería ser la primera y gran prioridad mundial. En la existencia del hombre, en sus gozos y sufrimientos, lo más determinante es la familia. En la familia cada uno es reconocido, respetado y valorado en sí mismo. En la familia es donde el hombre crece, y donde todos aprendemos a mirar y a comprender el misterio de la vida y a ser personas, es decir, a relacionarnos con Dios y con los demás de un modo justo, amoroso y misericordioso, adecuado a la verdad de nuestro ser. La familia, santuario del amor y de la vida, existe para que cada persona pueda ser amada por sí misma, y aprenda a darse y a amar.

Por eso la familia, y más exactamente el matrimonio y la verdad del matrimonio, es indispensable para que la persona pueda reconocer la verdad de su ser hombre. Es fundamento insustituible para la persona. Donde acaba la familia, empieza fácilmente la intemperie, la marginación y el dolor más sensible. ¿Quién puede tener interés en socavar este pilar de toda persona, y de toda sociedad? Por ello, atendiendo a las necesidades más urgentes y apremiantes del momento actual, el Papa Francisco con su Exhortación Apostólica Amoris laetitia nos confirma en la urgencia de apostar y trabajar en favor del matrimonio y de la familia, y dedicar a esa tarea nuestros mejores esfuerzos y mayores energías, así como la sabiduría y cuantos medios Dios nos conceda.

El matrimonio y la familia, su imprescindible e inalienable misión y labor educativa como prolongación de la transmisión de la vida, por lo demás, son la entraña misma de la vida de la Iglesia y de su misión, el modo concreto en que la Iglesia prolonga la Encarnación de Cristo, y se hace, como Él, amiga de los hombres y luz en su camino. El camino de la Iglesia, a partir de Cristo y de su Sagrada Familia, es la familia, que es lo mismo que decir que el camino de la Iglesia es el hombre. El hombre está hoy en un particular peligro, sobre todo, por la desfiguración o ataques directos o solapados contra la verdad del matrimonio y de la familia, que afecta a la dignidad constitutiva del ser humano y comprometen las posibilidades sociales del desarrollo pleno e íntegramente humano de su personalidad, de su destino y salvación. Ante la encrucijada sociocultural del matrimonio y de la familia, manifestada en tantas cosas, se hace imprescindible recordar, afirmar y defender la importancia de la familia como corazón y célula de la sociedad, como realidad básica para el desarrollo de la personalidad humana y para el futuro de la sociedad. La Exhortación Apostólica del Papa Francisco, en total continuidad con las enseñanzas de los anteriores Papas, por ello, es una puerta abierta a la esperanza. Esta Exhortación nos abre al futuro y confirma nuestra esperanza. Porque afirma la necesidad e incomparable y singular belleza de la familia asentada en la verdad del matrimonio entre un hombre y una mujer. Es la familia santuario de la vida y esperanza de la sociedad. La palabra del Papa y su testimonio en favor de la familia ofrece a todo el mundo luz y caminos para fortalecer la familia, en la que se juega, como vengo diciendo, el futuro del hombre.

El bien del hombre y de la sociedad, en efecto, está profundamente vinculado a la familia. El futuro de la humanidad se fragua en la familia; es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover la verdad que constituye y en la que se asienta la familia, así como los valores y exigencias que ésta presenta. Entre los numerosos caminos de la humanidad, la familia es el primero y más importante de todos. Es un camino del cual no puede alejarse ningún ser humano. Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida.

Es necesario ser lúcidos, insisto, ante la situación por la que atraviesa la familia en los momentos presentes. La gravedad y número de estos problemas están a la vista de todos. Nos encontramos en una situación histórica nueva en nuestra sociedad. No pueden dejar de preocuparnos estos problemas en la medida en que afectan a las personas en lo más íntimo; sin embargo, nuestra sociedad parece querer ocultar sus dificultades con soluciones superficiales e ingenuas que pretenden ignorar la repercusión personal y social que producen. Todos, sin excepción, estamos obligados a promover y fortalecer los valores y exigencias de la familia, ir más allá de lo que con frecuencia se va en el debate político, social y cultural. La familia debe ser ayudada y defendida mediante medidas sociales apropiadas y una nueva cultura, que sea precisamente la nueva cultura de la familia y de la vida, la nueva “civilización del amor”, de la alegría del amor, en expresión del Papa.

La sociedad tiene la grave responsabilidad de apoyar y vigorizar la familia, y su fundamento que es el matrimonio único e indisoluble entre un hombre y una mujer, basado en el amor y abierto a la vida. La misma sociedad tiene el inexorable deber de proteger y defender la vida, cuyo santuario es la familia, así como dotar a ésta de los medios necesarios económicos, jurídicos, educativos, de vivienda y trabajo -para que pueda cumplir con los fines que le corresponden a su propia verdad o naturaleza y asegurar la prosperidad doméstica en dignidad y justicia.

No ayudar debidamente a la familia constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad por derroteros de crisis, deterioro y destrucción de incalculables consecuencias. La Iglesia tiene una especial responsabilidad en esa gran urgencia de nuestro tiempo que es, con el auxilio de la misericordia de Dios, “salvar a la familia”, potenciarla y alentarla, conforme a la verdad que la constituye, que es la inscrita por su Creador, el Dios Uno y Trino, en su más profunda entraña. La promoción y defensa de la familia, basada en el matrimonio único e indisoluble, es la base de una nueva cultura del amor. Es el centro de la nueva civilización del amor. Lo que es contrario a la civilización del amor, y por tanto a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre y al mismo hombre, constituye una amenaza para él. Sólo la defensa de la familia abrirá el camino hacia la civilización del amor, hacia la afirmación del hombre y de su dignidad inviolable, hacia la cultura de la solidaridad y de la vida. Sólo la familia es esperanza de la humanidad.

Estamos llamados a que las familias en medio de las dificultades que las envuelven hoy, tomen conciencia de sus capacidades y energías, confíen en sí mismas en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios les ha confiado: es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Los católicos tenemos en ello una especial responsabilidad que se traduce en el anuncio y presencia del “evangelio de la familia”.

Nuestra Universidad, es un signo el Instituto Juan Pablo II, ubicado en su seno, debe tener como nota muy característica su referencia a la familia, su atención y cuidado de la familia. Así lo indicaba esta mañana misma en la reunión del Consejo de Dirección. Por eso mismo, con la ayuda inestimable de este Instituto, y con la aportación de todos, esta Universidad habrá de promover y defender la verdad y la belleza de la familia, y hacer cuanto esté en sus manos -que es mucho- por la familia.

Hispania Gothorum

Hoy es 6 de mayo, y será muy difícil que alguien, en un medio sistémico o en una institución dizque educativa le recuerde que hoy conmemoramos una efeméride trascendental para la historia de España. Tal día como hoy en el año 589, en el III Concilio de Toledo se convertía oficialmente al catolicismo el Rey Recaredo, y con él lo hacía la nobleza y el propio reino, la estructura de poder del estado. Esto suponía que la élite política y militar goda abrazaba la religión del pueblo hispanorromano.

Este paso, fundamental, debe además verse en una secuencia que le da todavía más fuerza: Antes de él, el sometimiento por parte del rey Leovigildo (padre de Recaredo) de los últimos coletazos de rebeldía de los suevos de Galicia (ya mucho antes se había aniquilado a los alanos y se había forzado a los vándalos a saltar de la Bética al norte de África [1]) así como de cántabros y vascones en sus respectivas tierras; y sus victorias también sobre Bizancio en la franja sur de la península [2] darán la práctica unidad territorial de lo que desde siglos antes se llamó Hispania o Spania, y aún así muchos negarán que sea España.

No será la unidad territorial conseguida por las armas el mayor legado que Leovigildo haga a la unidad del reino, sino su decreto permitiendo los matrimonios mixtos entre godos y “romanos”, que iniciará la mezcla de dos comunidades hasta entonces cohabitantes pero estancas:

Saludablemente reflexionando por lo aquí expuesto como mejor, con la remoción de la orden de la vieja ley, sancionamos con esta presente ley de validez perpetua: que tanto si un godo una romana, como también un romano una goda, quisiera tener por esposa -dignísima por su previa petición de mano-, exista para ellos la capacidad de contraer nupcias, y esté permitido a un hombre libre tomar por esposa a la mujer libre que quiera, en honesta unión, tras informar bien de su decisión, y con el acompañamiento acostumbrado del consenso del linaje.

Justo es decir también que Leovigildo fracasará en su intento de unificación religiosa, ya que la quiso hacer al revés, imponiendo la herejía arriana al pueblo católico. Esto llevará a un grave enfrentamiento que costará la vida al primogénito del rey, convertido al catolicismo, y que el mundo conoce como San Hermenegildo.

Si a alguien no le basta la unificación de sangre y la unificación religiosa, años después, durante el reinado de Recesvinto, se promulgará el “Liber Iudiciorum”, un cuerpo jurídico y legal único para todo el reino que no distingue entre godos y romanos, pues todos son una misma comunidad.

Como unión de todo ello, fundamental es la figura de San Isidoro de Sevilla, Doctor de la Iglesia, que es sin duda la figura intelectual y filosófica más importante de la época. Y que tenía muy claro que aquí había algo concreto y definido:

Tú eres, oh España, sagrada y madre siempre feliz de príncipes y de pueblos, la más hermosa de todas las tierras que se extienden desde el Occidente hasta la India. Tú, por derecho, eres ahora la reina de todas las provincias, de quien reciben prestadas sus luces no sólo el ocaso, sino también el Oriente. Tú eres el honor y el ornamento del orbe y la más ilustre porción de la tierra, en la cual grandemente se goza y espléndidamente florece la gloriosa fecundidad de la nación goda.

Pero hay quien dice que no se puede hablar de España ni de nación hasta 1.300 años después. Pues vale.

Hace unos días compartía en redes sociales una reflexión sobre la desaparición de la España Goda, de la Hispania Gothorum, de la asignatura de Historia. Hemos pasado de criticar que a nuestros padres les obligaran a aprenderse la lista de los Reyes Godos (por cierto, yo la aprendí -y toda mi clase- por empeño personal de mi profesor, y es algo que sigo agradeciendo a D. José Haldón) a borrar totalmente de la historia todo ese periodo. Y como decía entonces, no creo que sea casual. El reino godo supone un fenómeno que se produce en muy pocos lugares del mundo, que propicia la continuidad (con sus dificultades, es cierto) de una comunidad relativamente unida, identificable y definida (no diré nación ni mucho menos estado) desde el mundo clásico hasta la Edad Media (y no me cansaré de insitir: nuestra GLORIOSA Edad Media) que se proyectará hacia le edad moderna y nuestros días con un proyecto milenario más que asumido y asentado.

El discurso dominante, con gilipollas en los gobiernos y en las tribunas, nos habla del enfrentamiento entre Al Andalus y unos reinos cristianos del norte, como si ambas comunidades aparecieran ahí de la nada, y sitúan la primera comunidad relativamente unida en los Reyes Católicos y los primeros proyectos de nación como tal a principios nada menos que del siglo XIX. Para construir este disparate NECESITAN romper la continuidad de España, y el eslabón elegido es el del reino godo. Celtíberos, Turdetanos, Oretanos, Romanos, Godos… todos ellos son los que dan forma a esa comunidad que desde el siglo III antes de Cristo se va articulando, adoptando el nombre de Hispania y Spania. ¿Cómo vamos a permitir que alguien piense que esa misma comunidad acabe llamándose España? No, hombre… eso es otra cosa.

Sirva esta modesta entrada, escrita un poco a la carrera y sin más profundidad documental que lo que mis lecturas y básica curiosidad me han permitido aprender de una época fundamental en nuestra Historia, que atará en lo civil, en lo religioso y en lo jurídico a una comunidad nacida hace milenios y que la proyectará hacia una gloriosa historia que el liberalismo y el modernismo no pueden digerir y por eso querrán cortar negando para ello sus raíces.

Hispania, donde las basílicas godas levantaban sus arcos de herradura, donde las conducciones de agua romanas abastecían a las ciudades, donde la cultura y filosofía clásica tenían sus mayores maestros. Todo ello mucho antes de que unos salvajes vinieran del norte de África a arrasarlo todo para que la estulticia hoy dominante (y gobernante) nos diga ahora que fueron, esos salvajes, los que lo trajeron todo. Sí, es evidente que nuestros antepasados tuvieron sangre mora. Los míos, muchísima. Concretamente en el filo de sus espadas.

[1] Los vándalos saltaron al norte de África, que era el resto más rico del Imperio Romano, desde el estrecho de Gibraltar. Por eso a esa zona se le llamó “tierra de los vándalos” o “vandalusia”, de donde proviene el nombre de Andalucía. Es decir, 300 años antes de la llegada de los moros. Lo siento chicos.

[2] Bizancio dejará Spania hasta bastante después. La Península cuando lo derrote Suintila, y hasta la invasión mora se mantendrá en Ceuta y Baleares.