Me acabo de enterar que en un pleno del Ayuntamiento, aquí en Espartinas, al primer teniente de alcalde, Javier Jiménez, del pepé, se le acusa de pronunciar una frase despectiva hacia Blás Infante. Por situarnos, diré que Javier Jiménez, aparte de ser padre de dos promesas taurinas, es de lo peor que le ha pasado al ayuntamiento espartinero en los últimos siglos y un ejemplo de los tejemanejes que a nivel local perpetra nuestra infame clase política.
Pocas cosas, a nivel político local, me harían más feliz que la salida de este individuo de mi ayuntamiento. Ahora bien, me encuentro con que el partido socialista y el partido andalucista, éste en boca de su mismísima secretaria general, la extremeña pero muy andalucista Pilar González, exigen que Jiménez sea desposeído de su acta inmediatamente. Y no falta tampoco gente en el propio pepé que pide a Arenas que elimine a este sujeto del partido por su “desprecio a los símbolos de Andalucía”.
Yo ya he hecho aquí unos pequeños apuntes de lo que pienso de Blás Infante, que merece en lo personal el respeto propio debido a un difunto, que esbozó unas muy sociales y justas reivindicaciones del campesinado andaluz, pero que se dedicó a decir una serie de barbaridades y gilipolleces sobre las que la giliprogresía -de izquierda y derecha- actual sostiene su supuesta condición de padre de la supuesta patria andaluza. Me parece absolutamente impresentable que este señor se me imponga como símbolo de nada, y me lo parece particularmente en mi condición de andaluz, hijo de andaluz, esposo de andaluza y padre de andaluces.
Pero lo que no puedo soportar es esta divinización del dogma políticamente correcto mediante el cual toda esta infame chusma que nos roba diciendo que nos gobierna pueda hacer y decir y decidir sobre lo sagrado, sobre mi libertad como padre, sobre la salud de mis hijas y de mis posibles nietos a mis espaldas, pero condenen como anatema intolerable la simple crítica a sus autootorgados símbolos.
Lo más significativo de todo es que Jiménez ni siquiera insultó a Infante, sino que lo metió en un argumento dialéctico respondiendo a otro concejal. No salió a decir “Infante era un imbécil”, porque además Jiménez, como buen giliprogre -de derechas, pero giliprogre- jamás diría eso aunque lo pensara, porque en la giliprogrez entra, como parte sustancial, la cobardía. Pero no se trata de que no se pueda despreciar o calificar de imbécil, que ya tendría lo suyo. Es que no se permite, bajo pena de expulsión eterna del paraíso político público subvencionado, tomar el nombre del imbécil en vano.







